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Mostrando entradas de 2010

El paraguas de Wittgenstein, de Óscar de la Borbolla

1. Como la gente se conoce o no se conoce nunca, pero total a veces se enamora, suponte que la lluvia te reúne con una mujer debajo de un paraguas. Tú le dices: ¿Me permite? y ella, indecisa y sorprendida, sopesando los pros y los contras te contesta que no, que el paraguas es suyo y que te vayas. Suponte que obedeces y te alejas brincando los charcos y que al cabo de una calle, dos calles, tres calles encuentras un techito para guarecerte y que ahí, precisamente ahí, se oculta el asesino que estaba escrito habría de matarte y que te sale al paso con aquello de la bolsa o la vida, y tú respondes que la vida, porque estás empapado y sientes frío y ganas de morirte o de pedir una taza de café muy caliente, pero como en ese zaguán no hay servicio de cafetería, pues te atraviesa con tremendo cuchillo y desde el suelo miras a tu asesino perderse con tu reloj y tu cartera detrás de la cortina de lluvia de la que sale la muchacha que no te quiso asilar bajo su paraguas, y cuando ella pasa: t…

Cómo se salvó el mundo, de Stanislaw Lem

En cierta ocasión, el constructor Trurl fabricó una máquina que sabía hacer todas las cosas cuyo nombre empezaba con la letra ene. Cuando ya la tuvo lista, le ordenó, para probarla, que fabricara unas navajas, que las metiera en necesers de nácar y que las tirara en una nansa rodeada de neblina y llena de nenúfares, nécoras y nísperos. La máquina cumplió el encargo sin titubear, pero Trurl, todavía no del todo seguro de su funcionamiento, le dio la orden de fabricar sucesivamente nimbos, natillas, neutrones, néctares, narices, narigueras, ninfas y natrium. La máquina no supo hacer esto último y Trurl, muy disgustado, le exigió una explicación de ese fallo.- No sé de qué se trata - se justificó la máquina -. Nunca he oído esa palabra.- ¿Qué dices? ¡Pero si es sodio! Un metal, un elemento...- Si se llama sodio, empieza con s y yo sólo sé hacer lo que empieza con n.- Pero en latín se llama natrium.- Amigo Trurl - dijo la máquina -, si yo supiese hacer todas las cosas que empiezan con n e…

La temporada de suicidios blancos, por Juan Forn

El 24 de julio de 1927 Ryunosuke Akutagawa inauguró una tendencia en Japón que se prolongó durante casi una década. Tres días antes, y sin saber nada de ese propósito, su compadre Kawabata lo acompañó al distrito de Asakusa en Tokio, a elegir una prostituta. A Kawabata le sorprendió un poco ver que su excéntrico amigo llevaba el rostro maquillado de blanco, pero más lo sorprendió que ninguna prostituta quisiera irse con él, a pesar de que era un cliente muy apreciado. Hasta que oyó los cuchicheos de las muchachas: creían que Akutagawa era un fantasma. Tres días después se hacía realidad aquel diagnóstico: Akutagawa había calculado cuidadosamente la dosis de veronal para que su cadáver luciera plácido, tal como en los días anteriores empezó a blanquearse la cara para que la gente se fuera acostumbrando a verlo muerto. Pocos días después una parejita de estudiantes a quienes sus padres habían prohibido casarse fueron vistos por los pasillos de la Universidad de Ueno con los rostros maqui…

¿Por qué la filosofía?, de Enrique Dussel*

En todas las grandes culturas neolíticas, en Egipto, desde los textos de Menfis en el tercer milenio antes de la era común; en la China, desde el tercer milenio de dicha era con el I Chin; en el Indostán, desde el comienzo de la elaboración oral de los Upanishad; en Palestina, desde el siglo VIII adC, con los profetas de Israel; en Grecia, desde la misma época, aproximadamente, y en América, un milenio después, se fueron dando los cánones que organizaban la sabiduría de esos pueblos. Las comunidades urbanas realizaron una labor de síntesis de los principios que fundaban sus determinados modos de vida. Los que se dedicaban a esa labor de ordenar las interpretaciones más profundas de la existencia de esas comunidades altamente desarrolladas se denominaron amantes de la sabiduría (en griego filósofos, en azteca tlamatinime). Eran los que podían dar cuenta de forma ordenada y racionalizada de los diversos modos del saber, es decir, que relacionaban las observaciones astronómicas, descubri…

Textos de Erik Satie, en "Notas sin música" de Juan Vicente Melo

Un decorado musical

La orquesta no tiene por qué gesticular cada vez que un personaje entra en escena. ¿Acaso gesticulan los árboles de un decorado? Lo que tenemos que hacer es crear un decorado musical, un clima en el que los personajes se muevan y hablen. Nadad e cuplés ni de motivos conductores: servirse de una cierta atmósfera de Puvis de Chavannes.
Quiero hacer una obra para perros. Ya tengo mi decorado. Al levantarse el telón aparece un hueso.

Quién soy

Todo el mundo dice que soy un músico. Es verdad.
Desde el principio de mi carrera me clasifiqué entre los fonometógrafos. Mis trabajos son pura fonométrica. Tómense "El hijo de las estrellas" o los "Trozos en forma de pera", "En traje de caballo" o las "Zarabandas" y podrá advertirse que ninguna idea musical ha presidido la creación de esas obras. Domina el pensamiento científico.
Por lo demás, me produce mayor placer medir un sonido que escucharlo. Con el fonómetro en la mano trabajo alegre y se…

El pensador, de Boris Vian

1

Fue el día en que cumplía quince años cuando el pequeño Urodonal Carrier paró mientes, de manera repentina, en la existencia de Dios. La Providencia, en efecto, le reveló de improviso su condición de pensador y, si se considera que hasta entonces se había acreditado como completamente idiota en todos los terrenos, mal se podría creer que el Señor no hubiese tenido parte en tan súbita transformación.
Con la mala fe que le caracteriza, los habitantes de La Houspingole-sur-Côtés me objetarán, sin duda, la caída de cabeza sufrida la víspera por el pequeño Urodonal, así como los nueve almadreñazos que en la misma mañana de su aniversario le propinó el buen de su tío, al sorprenderle comprobando por sí mismo si la sirvienta se cambiaba de ropa interior cada tres semanas, como tenía ordenado su padre. Pero es que la aldea está llena de ateos, mantenidos en el mercado por las malévolas peroratas de un maestro de instrucción primaria de la antigua escuela, mientras el párroco se pone como una …

Glosario de pachuquismos*

Pachuco/Español/Del inglés

A

Agüítala/Cálmate
A todo tren/Muy bueno, suave
A'i te watcho/ Ahí nos vemos/ I'll be seeing you
Al alba/ Abusados
Al quite/ A la pelea
Al tiro/ Abusados
Aviador/ Pasándola bien/ Aviator, flying high

B

Bato/ Hombre
Bolillo/ Norteamericano
Bonarú/ Muy bueno
Borlo/ Pelea, baile
Borlotear/ Pelear, bailar
Bote/ Cárcel
Buti/ Muy/ Pretty, como en "pretty good"
Buti trili/ Muy marihuano

C

Calcos/ Zapatos
Cantón/ Hogar
Capio/ Pescar/ To catch
Carlango/ Abrigo
Carnal, carnalillo/ hermano, hermanito
Cincho/ De seguro/ Cinch
Con safos/ Con ganas
Cuico/ Policía
Cuitear/ Darse por vencido/ To quit
Cuete/ Pistola

Ch

Chale/ No
Chance/ Oportunidad/ Chance
Chanclear/ Bailar
Checando/ Fijándose/ To check
Chicanada/ Los chicanos
Chicas patas/ chicanos
Chompetal/ Mental
Choncho/ Grande
Chota/ Policía
Chucote/ Pachuco

E

El Chuco/ El Paso, Texas
Entacuchando/ Poniéndose el zoot suit
Escamar/ Asustar
Ese/ Pronombre

F

Foquiar/ Molestar, amenazar/ To fuck with
Frajo/ Cigarro
Fuímonos/ Vámonos

G

Ganga/ Pandilla/ Ga…

La noche de los feos, de Mario Benedetti

1 Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.

Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.

Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas s…

La nariz, de Ryunosuke Akutagawa

No hay nadie, en todo Ike-no-wo, que no conozca la nariz de Zenchi Naigu. Medirá unos 16 centímetros, y es como un colgajo que desciende hasta más abajo del mentón. Es de grosor parejo desde el comienzo al fin; en una palabra, una cosa larga, con aspecto de embutido, que le cae desde el centro de la cara. Naigu tiene más de 50 años, y desde sus tiempos de novicio, y aun encontrándose al frente de los seminarios de la corte, ha vivido constantemente preocupado por su nariz. Por cierto que simula la mayor indiferencia, no ya porque su condición de sacerdote "que aspira a la salvación en la Tierra Pura del Oeste" le impida abstraerse en tales problemas, sino más bien porque le disgusta que los demás piensen que a él le preocupa. Naigu teme la aparición de la palabra nariz en las conversaciones cotidianas. Existen dos razones para que a Naigu le moleste su nariz. La primera de ellas: la gran incomodidad que provoca su tamaño. Esto no le permitió nunca com…

Los hermanos siameses, de Tristan Bernard

Todos sabéis de memoria aquella fábula de La Fontaine en la que un viejo, en su lecho de muerte, aconseja a sus hijos permanecer unidos si quieren prosperar en la vida.
¿A quién mejor dirigida esta recomendación que a dos hermanos siameses que en tanto que permanecen unidos pueden ganar hasta ciento cincuenta francos diarios en un circo, mientras que si trataran de separarse ganarían penosamente cualquier cosa a cambio de escribir direcciones de prospectos?
Yo he conocido en Londres a dos hermanos siameses. Edward-Edmund tenían una fortuna bastante considerable, que les dispensaba de exhibirse como fenómenos. Edward había nacido en Manchester hacía veinticinco años. Edmund había nacido igualmente en Manchester hacia la misma época.
En su adolescencia se parecían de un modo extraordinario, a tal punto que las personas que no sabían distinguir la dercha de la izquierda no llegaban a diferenciarlos.
Sin embargo, con los años se evidenciaron entre ellos diferencias morales muy acusadas. Edward…

El cuerpo infeliz, de Lord Dunsany

- ¿Por qué no bailas y te solazas como nosotros? -le decían a cierto cuerpo. Y el cuerpo confesó su tribulación. Dijo:
- Estoy unido a un alma feroz y violenta que es sobremanera tiránica y no me deja reposo, y me arrastra fuera de las danzas de los míos para hacerme trabajar en su detestable obra, y no me deja hacer las cosas menudas que complacerían a la gente que amo, sino que sólo cuida de agradar a la posteridad cuando haya concluido conmigo entregándome a los gusanos; y entre tanto, hace absurdas demandas de afecto a los que están cerca de mí, y es demasiado orgullosa para apreciarlo cuando se le da menos de lo que pide, así que aquellos que serían bondadosos para mí me odian.
Y el cuerpo infeliz rompió a llorar.
Y le dijeron:
- Ningún cuerpo sensible se cuida de su alma. Un alma es poca cosa y no ha de gobernar a un cuerpo. Tú debes beber y fumar hasta que dejes de afligirte.
Pero el cuerpo no hacía más que llorar y decir:
- La mía es un alma espantosa. La he arrojado fuera de mí un …