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Mostrando entradas de 2011

"Donde el presente lector asistirá a la presentación sucesiva de los protagonistas de la expedición, y conocerá sus características y rasgos más notables", de Julio Cortázar

1.
Los autores suelen dialogar entre ellos o aludirse recíprocamente a lo largo de este diario de viaje: Como es natural se llaman por sus nombres de pila pero también, como es todavía más natural, se valen con frecuencia de sus nombres más íntimos, que confían ahora al lector dado que les parece justo confiarle todo lo que se refiere a la expedición y a la vida personal que la sustenta. Así, no tardarán en aparecer referencias a la Osita y al Lobo, y en el caso de este último hay incluso un fragmento de un Manual de los Lobos que la Osita preparaba para su placer pero también para que el Lobo fuera menos tonto que de costumbre y conociera algo mejor tantas cosas que sólo las Ositas conocen de verdad. A nuestro vehículo Fafner, se le llama con frecuencia Dragón. A vuelta de página se dan detalles de su naturaleza telúrica, pero aquí es bueno decir que nuestra triada no sólo se servía de sus nombres silvestres por razones de afecto e intimidad, sino porque a lo largo de la expedición se …

"Las señoritas que estudian piano", de Amado Nervo

Hace tiempo que tener maestro de piano en México es algo completamente indispensable, algo que entra en lo imprescindible de la vida. Naturalmente ser profesor de piano es un negocio, y bueno, entre nosotros. Si el profesor es modesto, cosa muy rara, cobre de diez y seis a veinte pesos mensuales por su indispensable enseñanza. Si es profesor de taco cobra ocho o diez pesos por lección.
Si suponemos que una señorita normalmente estudia ocho años el piano, y que paga mensualmente veinte pesos, tendremos que en cada casa se invierten mil novecientos veinte pesos de maestro, más mil doscientos de un piano por la primera hija que estudia.  Si suponemos que las niñas son tres, ya tenemos una fortuna de cinco mil setecientos sesenta pesos, más mil doscientos pesos el piano, es decir, seis mil novecientos sesenta pesos invertidos en la educación musical. Sigamos suponiendo. En la República hay, poco más o menos, cuarenta mil muchachas que estudian piano, y como hemos supuesto que cada una gas…

"[Cuatro] Pájaros de Hispanoamérica", de Augusto Monterroso

Manuel Scorza, novelista

El 15 de noviembre pasado me encontré con Manuel Scorza. B. y yo fuimos a verlo a su departamento, 15, rue Larrey, en París. Comenzamos a hablar, como siempre, de México, de amigos comunes, para desembocar, como siempre, en la literatura. Noté que Scorza había adquirido una nueva manía. Cada poco tiempo sacaba una especie de libretita y un lápiz y anotaba cualquier broma que le decíamos, cualquier ocurrencia, mientras declaraba: "Lo pondré en mi próxima novela", y guardaba su papelito para volver a sacarlo cinco minutos después. Entonces yo le recordé que Joyce practicaba también esa costumbre y que hubo una época en que en las reuniones ya nadie quería decir nada delante de él porque todos sabían que sus frases (generalmente de lo que se hace una conversación entre escritores, sólo que la mayoría las deja escapar, o las desperdicia sin preocuparse, o cuando mucho espera a llegar a su casa para anotarlas) irían a dar a sus novelas. Pero Manuel dijo: …

Impresiones de viaje por el señor Ministro de Relaciones, de Vicente Riva Palacio (fragmento)

I
Había llegado el momento de partir; se iban a cumplir mis deseos; iba yo a conocer la Europa. Mariano Otero y yo habíamos hablado mucho de Europa, y este Mariano Yáñez me había dicho muchas veces: "Pepe, a ti te conviene ir a Europa." Me acuerdo bien cómo me vestí esa mañana. Me puse unos pantalones que había yo estrenado la primera vez que fui diputado; el chaleco de la noche que me recibí, la levita que tuve en la prisión, en el cuartel de los Gala, cuando Santa-Anna me puso preso; la camisa y los calcetines que debía haber estrenado el día 27 de septiembre cuando iba yo a pronunciar la arenga cívica, y el sombrero era el que usaba yo en Querétaro cuando estaba allí el gobierno del señor Peña y Peña. Me levanté muy temprano, y pude observar que las mañanas son muy oscuras cuando aún no ha salido la luz, lo cual me causó mucha novedad. Entré a la diligencia y tomé el camino de París; cuando amaneció iba yo en el camino de París, muy cerca ya del Peñón Viejo. El camino de París…

Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos, de Juan José Arreola

Estimable señor:
Como he pagado a usted tranquilamente el dinero que me cobró por reparar mis zapatos, le va a extrañar sin duda la carta que me veo precisado a dirigirle.    En un principio no me di cuenta del desastre ocurrido. Recibí mis zapatos muy contento, asegurándoles una larga vida, satisfecho por la economía que acababa de realizar: por unos cuantos pesos, un nuevo par de calzado. (Éstas fueron precisamente sus palabras y puedo repetirlas.)    Pero mi entusiasmo se acabó muy pronto. Llegado a casa examiné detenidamente mis zapatos. Los encontré un poco deformes, un tanto duros y resecos. No quise conceder mayor importancia a esta metamorfosis. Soy razonable. Unos zapatos remontados tienen algo de extraño, ofrecen una nueva fisonomía, casi siempre deprimente.    Aquí es preciso recordar que mis zapatos no se hallaban completamente arruinados. Usted mismo les dedicó frases elogiosas por la calidad de sus materiales y por su perfecta hechura. Hasta puso muy en alto su marca de fábr…

Transposiciones, de José Asunción Silva

Carta abiertaSeñora:    Hace dos años, en una larga temporada que pasó usted en el campo, llevando una vida apacible y tranquila, consagrada a la pintura, me hizo usted el honor de invitarme a almorzar una vez en su casa. Las horas que pasé allí me parecieron breves, como nos parece breve todo lo que es muy grato. Antes de que nos sentáramos a la mesa nos mostró usted su último estudio de pintura en pleno aire, acabado en la semana anterior; era aquella figura la de una muchacha campesina, perdida en un trigal y que lleva en las manos unos manojos de yerba y unas flores; un cuadro lleno de luz y de aire de campo. Después del almuerzo, a tiempo del champaña que servía en las copas, y del café negro aromático como una esencia, nos propuso usted que diéramos una vuelta por las cercanías y todos aceptamos alborozados su idea.    Adelante íbamos usted y yo, y nuestra conversación fue una larga confidencia mutua de nuestra adoración a la Belleza. Me hablaba usted de los incomparables goces qu…

El nuevo abogado, de Franz Kafka

Tenemos un nuevo abogado, el doctor Bucéfalo. Poco hay en su aspecto que recuerde la época en que era el caballo de batalla de Alejandro de Macedonia. Sin embargo, quien está al tanto de esa circunstancia, algo nota. Y hace poco pude ver en la entrada a un simple ujier que lo contemplaba admirativamente, con la mirada profesional del correrista consuetudinario, mientras el doctor Bucéfalo, alzando gallardamente los muslos y haciendo resonar el mármol con sus pasos, ascendía escalón por escalón la escalinata. En general, la Magistratura aprueba la admisión de Bucéfalo. Con asombrosa perspicacia, dicen que, dada la organización actual de la sociedad, Bucéfalo se encuentra en una posición un poco difícil y que, en consecuencia, y considerando además su importancia dentro de la historia universal, merece por lo menos ser recibido. Hoy -nadie podría negarlo- no hay ningún Alejandro Magno. Hay muchos que saben matar; tampoco escasea la habilidad necesaria para asesinar a una amigo de un la…

El gran inquisidor, de Fiódr Dostoyevski

Han pasado ya quince siglos desde que Cristo dijo: “No tardaré en volver. El día y la hora, nadie, ni el propio Hijo, las sabe”. Tales fueron sus palabras al desparecer, y la Humanidad le espera siempre con la misma fe, o acaso con fe más ardiente aún que hace quince siglos. Pero el Diablo no duerme; la duda comienza a corromper a la Humanidad, a deslizarse en la tradición de los milagros. En el Norte de Germania ha nacido una herejía terrible, que, precisamente, niega los milagros. Los fieles, sin embargo, creen con más fe en ellos. Se espera a Cristo, se quiere sufrir y morir como Él... Y he aquí que la Humanidad ha rogado tanto por espacio de tantos siglos, ha gritado tanto “¡Señor, dignáos, aparecérosnos!”, que Él ha querido, en su misericordia inagotable, bajar a la tierra.
Y he aquí que ha querido mostrarse, al menos un instante, a la multitud desgraciada, al pueblo sumido en el pecado, pero que le ama con amor de niño. El lugar de la acción es Sevilla; la época, la de la …