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Mostrando entradas de junio, 2011

El comisario Maigret y su creador, Georges Simenon

Georges Simenon habla del comisario Maigret

Maigret tien entre 45 y 50 años. Nació en un castillo, en el centro de Francia, en el cual su padre ocupaba el cargo de administrador. Es, pues, de origen campesino, robusto y fornido, pero posee cierta educación; en Francia, algo así como a medio camino hacia la burguesía. Fue monaguillo en la parroquia de su pueblo. 
De joven quiso ser médico. No por amor a la medicina, sino porque soñaba, sin decírselo a nadie, con una especie de profesión inexistente: la de "remendador de destinos". Le parecía que muchos individuos no llegaban hasta el final de su verdadero destino por no comprenderse a sí mismo. Le habría gustado comprender a todos los hombres y ayudarse a hacerse a sí mismos. En su adolescencia, le parecía que la medicina era la profesión que más se acercaba a este sueño. La muerte de su padre le impidió continuar sus estudios. Descubrió entonces que la policía criminal permite ocuparse a los hombres de una manera bastante afín…

Por qué escribo cuentos, de John Cheever*

Publicar una colección definitiva de cuentos cuando uno está al final de los sesenta años me parece, como escritor norteamericano, una ocasión tradicional y digna, de ninguna manera eclipsada por el hecho de que la mayoría de los cuentos de esta colección fueron escritos en ropa interior. No quiero decir que alguna vez haya sido bohemio. difícilmente vive ahora un hombre que recuerde cuando Harold Ross publicó The New Yorker, pero yo soy uno de ellos. Las pesquisas editoriales de Ross fueron genuinamente excéntricas. En uno de mis cuentos inventé un personaje que regresaba a casa de su trabajo y se cambiaba de ropa antes de cenar. Ross anotó en el margen de la galera: "¿Eh? ¿Qué es esto? Parece que Cheever sólo tiene un traje". Tenía razón. Con lo que él pagaba por cuartilla, yo podía comprarme exactamente un traje. En las mañanas me ponía mi traje y tomaba el elevador hasta el cuarto sin ventanas en el sótano donde trabajaba. Ahí lo colgaba, escribía hasta el anochecer, me v…

Narcoarquitectura o de los temores domésticos, de Pablo Lazo

I. Arquitecturas perversas
Hay quienes afirman que la historia de la arquitectura doméstica es una simple evolución de los palacios y mansiones de la nobleza europea, pasando por la casa burguesa, hasta llegar a las casas de la clase obrera en el siglo XVIII. Beatriz Colomina, una de las autoras más reconocidas en el tema, incluso lo lleva a una apoteosis de la emancipación del poder —entre el cliente y el arquitecto— y afirma que todas las intenciones arquitectónicas desde la segunda mitad del siglo XX parten de lo explorado en ese rincón del espacio doméstico. Dicha reflexión no hay que tomarla a la ligera. Más aun si recordamos que las casas más iconográficas del siglo XX siguen teniendo ese aire iconoclasta, que parece eximirlas de cualquier historia que identifique al sujeto que solicitó su construcción, a los sueños que querían realizarse a través de la posesión de una casa con determinadas características y la búsqueda del arquitecto que pudiese materializar esos sueños. Dichas ca…

De las bestias fieras, de Bernardino de Sahagún

1.- El tigre anda y bulle en las sierras, y entre las peñas y riscos, y también en el agua, y dicen es príncipe y señor de los otros animales; y es avisado y rescatado y regálase como el gato, y no siente trabajo ninguno, y tiene asco de beber cosas sucias y hediondas, y tiénese en mucho; es bajo y corpulento y tiene la cola larga, las manos son gruesas y anchas, y tiene el pescuezo grueso; tiene la cabeza grande, las orejas son pequeñas, el hocico grueso y carnoso y corto, y de color prieto, y la nariz tiene grasienta, y tiene la cara ancha y los ojos relucientes como brasa; los colmillos son grandes y gruesos, los dientes menudos, chicos y agudos, las muelas anchas de arriba y la boca muy ancha, y tiene uñas largas y agudas, tiene pesuños en los brazos y en las piernas; y tiene el pecho blanco, tiene el pelo lezne y como crece se va manchando, y crécenle las uñas, y agarra, crécenle los dientes y las muelas y los colmillos y regaña y muerde, y arranca con los dientes y corta, y gruñ…

La puta de Mensa, de Woody Allen

Cuando se es investigador privado, uno ha de aprender a confiar en sus corazonadas. Por eso en el momento en que un tipo tembloroso como un flan llamado Word Babcock entró en mi oficina y puso las cartas sobre la mesa, debí haber hecho caso del escalofrío glacial que sacudió mi espinazo. —¿Kaiser? —preguntó—. ¿Kaiser Lupowitz? —Eso es lo que pone en mi licencia —admití. —Tiene que ayudarme. Me están haciendo un chantaje. ¡Por favor! Se agitaba como el animador de una orquesta de rumba. Le empujé un vaso por encima de la mesa y la botella de whisky que guardo a mano con propósitos no medicinales. —¿Qué le parece si se tranquiliza y me lo cuenta todo? —¿No... no se lo dirá luego a mi mujer? —-Hablemos claro, Word. No puedo hacerle promesas. Intentó servirse un trago, pero el tintineo podía oírse al otro lado de la calle, y la mayor parte del licor fue a parar a sus zapatos. —Soy un honrado trabajador —explicó—. Mantenimiento de máquinas. Construyo y reparo vibradores. Ya sabe... esos aparatitos …