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Mostrando entradas de agosto, 2011

Una visita al infierno, de Julio Garmendia

Supone generalmente el vulgo, y aun gente docta y discreta, que para ir al infierno no hay más que ser malo y cometer una larga serie de disparates. Pero esto no pasa de una simpleza de nuestra vanidad. Para ir al infierno hay que tener muy altos merecimientos, poseer muchos títulos y haber hecho grandes cosas. Sin embargo, no creo que sea esto razón para que los tontos y zánganos se alegren, diciendo: "Si no van para el infierno aquellos que constituyen la admiración y el orgullo de la humanidad, ¿cómo hemos de merecerlo nosotros, que nunca fuimos orgullo ni admiración de nadie? Alabado, por tanto, sea Dios, que puso en nuestros corazones la humildad y la insignificancia, abriéndonos así en la penumbra de la vida el camino de la eterna claridad". Mejor sería que pensárais, pobres almas, y así andaríais menos mohínas, en la hora de vuestra muerte, que si tan grandes cosas hay que obrar para merecerse el infierno, ¡cuánto mayores habrían de ser las que puedan ganarnos el ciel…

Contra los poetas (primera conferencia), de Witold Gombrowicz

Sería más razonable de mi parte no meterme en temas drásticos porque me encuentro en desventaja. Soy un forastero totalmente desconocido, carezco de autoridad y mi castellano es de un niño de pocos años que apenas sabe hablar. No puedo hacer frases potentes, ni ágiles, ni distinguidas, ni finas, pero, ¿quién sabe si esta dieta obligatoria no resultará buena para la salud? A veces me gustaría mandar a todos los escritores del mundo al extranjero, fuera de su propio idioma y fuera de todo ornamento y filigranas verbales, para comprobar qué quedaría de ellos entonces. Cuando uno carece de medios para realizar un estudio sutil, bien enlazado verbalmente, sobre, por ejemplo, las rutas de la poesía moderna, empieza a meditar acerca de esas cosas de modo más sencillo, casi elemental y, a lo mejor, demasiado elemental. No cabe duda de que la tesis de esta nota: que los versos no gustan a casi nadie y que el mundo de la poesía versificada es un mundo ficticio y falsificado, parecerá desesperad…

La noche del féretro, de Francisco Tario

Entró un señor enlutado, con los zapatos muy limpios y los ojos enrojecidos por el llanto. Se aproximó al empleado y dijo: —Necesito un féretro. Oí distintamente su voz ronca y amarga, seguida por una tos irritante que, de estar yo dormido, me hubiera hecho despertar. Oí también, en aquel preciso momento, el timbre de la puerta en la casa contigua y el ladrido del perro, quien anunciaba así su alegría. El empleado dijo: —Pase usted. Y pasó el hombre sigilosamente, con un poco de asco, mirando a diestra y siniestra, como una reina anciana que visita un hospital. Parecía un tanto avergonzado del espectáculo: de aquellos cajones grises. blancos o negros, que tanto asustan a los hombres, y de aquella luz amarilla y sucia que daba al local cierto aspecto de taberna. Mi compañero de abajo se enderezó cuando pudo para explicarme: —El cliente es rico, conque tú serás el elegido. La noche era fría, lluviosa, y soplaba un viento de nieve. No apetecía yo, pues, moverme de aquel escondrijo tan tibio, cu…

Veinticinco de agosto, 1983, de Jorge Luis Borges

Vi en el reloj de la pequeña estación que eran las once de la noche pasadas. Fui caminando hasta el hotel. Sentí, como otras veces, la resignación y el alivio que nos infunden los lugares muy conocidos. El ancho portón estaba abierto; la quinta, a oscuras. Entré en el vestíbulo, cuyos espejos pálidos repetían las plantas del salón. Curiosamente el dueño no me reconoció y me tendió el registro. Tomé la pluma que estaba sujeta al pupitre, la mojé en el tintero de bronce y al inclinarme sobre el libro abierto, ocurrió la primera sorpresa de las muchas que me depararía esa noche. Mi nombre, Jorge Luis Borges, ya estaba escrito y la tinta, todavía fresca. El dueño me dijo: —Yo creí que usted ya había subido. Luego me miró bien y se corrigió: —Disculpe, señor. El otro se le parece tanto, pero, usted es más joven. Le pregunté: —¿Qué habitación tiene? —Pidió la pieza 19 —fue la respuesta. Era lo que yo había temido. Solté la pluma y subí corriendo las escaleras. La pieza 19 estaba en el segund…

Pensamientos de Charles-Joseph de Ligne, príncipe de Ligne

Todos los que escriben pensamientos o máximas son charlatanes que pretenden deslumbrar: nada más sencillo que escribir un libro de tal manera. Quiero intentarlo. A nada se está obligado; se abandona la obra y se regresa a ella cuando uno quiere. Eso me conviene mucho. Casi todos dicen cosas comunes, falsas o enigmáticas. No hay que ofrecer sobre qué disertar o interpretar, sino en qué pensar.
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Nunca se es más tonto que con los tontos. Con ellos, se apuesta a todo o nada. Por el contrario, las personas con el ingenio aguzado son braseros que estimulan la imaginación de los otros. De los que sospechamos que carecen de filosofía, son a menudo los que más tienen; la verdadera es el placer. Incluyamos en él nuestros deberes.
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Conozco a algunos que tienen sólo la agudeza suficiente para ser tontos. Escuchadlos, hablan bien; leédlos; escriben de maravilla. Así tal cual. Hoy todo el mundo derrocha inteligencia; pero si en las ideas anda escasa, desconfiad de las frases. Según mi parecer, si…

Deseo y posesión, de Alexandre Dumas (padre)

Y, para terminar, una curiosidad; una exquisitez que podría pasar inadvertida entre la obra inmensa, abrumadora, de Dumas. Publicado primero en el diario Le Mosquetaire -una pequeña fantasía al lado de La Ilíada de Homero que el escritor publicó por entregas-, este texto engrosó en 1861 la recopilación Bric à brac realizada por el editor parisino Michel Levy Frères. Ahora nos permite cerrar con suavidad esta antología que comenzaba de una manera más aparatosa con La historia de un muerto contada por él mismo. Dumas, inspirándose en el género antiguo y oriental de la alegoría, nos presenta una moraleja que, de universal, pasa a centrarse en el hombre de letras -el anciano dedicado por entero a una "persecución insensata"-. Este ser dividido entre deseo y posesión es cada uno de nosotros, pero, sobre todo, es el poeta: sus palabras quieren abarcarlo todo, per terminan apretando poco. No es una maldición, sin embargo. Al contrario, es la suerte de la literatura, siempre dispuest…