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Mostrando entradas de diciembre, 2012

"Es un deber vivir después de Auschwitz", entrevista de Juan Cruz a Imre Kertész

Imre Kertész tenía hambre a las tres de la tarde del lunes en Berlín; llegó al hotel donde habíamos quedado, en el centro de la ciudad que simboliza para él tantas cosas, y se pidió en la barra un bocadillo de jamón de York que luego dejaría a la mitad. Tranquilo, pausado, el autor de Sin destino se dispuso a hablar del pasado como si fuera una herida, pero también como si fuera el sustento de una obra de arte. Berlín, escribió una vez, "era la ciudad de Europa más expuesta al peligro", y era también la ciudad cuyo nombre evocaba ciertos azules de su infancia. Ese Berlín mítico fue luego, sobre todo, el lugar del que salía la rampa hacia los campos de concentración que rompieron su vida nada más empezar... Ahí vive, en medio de la memoria de su drama. Tenía dolor de espalda, estaba resfriado, pero se sentía feliz de hablar, y cuando empezó a hacerlo, aquel hombre humilde de ojos asombrados y cálidos alcanzó su verdadero poderío; dejó de ser el modesto viandante que en Berlín c…

Lo que trajo el gato, de Patricia Highsmith

Los segundos de pensativo silencio en la partida de Intelect  fueron interrumpidos por un crujido del plástico en la trampilla de la gatera: Portland Bill volvía a entrar. Nadie le hizo caso. Michael y Gladys Herbert iban en cabeza, Gladys un poco por delante de su marido. Los Herbert jugaban al Intelect a menudo y eran muy hábiles. el coronel Edward Phelps --vecino y buen amigo-- avanzaba renqueando y su sobrina americana, Phyllis, de diecinueve años, lo estaba haciendo muy bien, pero había perdido interés en los últimos diez minutos. Pronto sería la hora del té. El coronel estaba amodorrado y se le notaba.  --Mito --dijo el coronel pensativamente, empujándose el bigote a lo Kipling con el dedo índice--. Lástima, estaba pensando en terremoto. --Tío Eddie, si tienes mito -dijo Phyllis--, ¿cómo ibas a poner terremoto? El gato hizo un ruido más prolongado en su trampilla y, ya con la negra cola y los cuartos traseros a manchas dentro de la casa, retrocedió tirando de algo hasta que pas…

El pueblo que sobrevivió a una masacre amenizada con gaitas, de Alberto Salcedo Ramos

Sucede que los asesinos -advierto de pronto, mientras camino frente al árbol donde fue colgada una de las sesenta y seis víctimas- nos enseñas a punta de plomo el país que no conocemos ni el libros de texto ni en los catálogos de turismo. Porque, dígame usted, y perdone que sea tan crudo, si no fuera por esa masacre, ¿cuántos bogotanos o pastusos sabrían siquiera que en el departamento de Bolívar, en la costa Caribe de Colombia, hay un pueblo llamado El Salado? Los habitantes de estos sitios pobres y apartados sólo son visibles cuando padecen una tragedia. Mueren, luego existen. José Manuel Montes, mi guía,  un campesino rollizo y taciturno que se ha pasado la vida sembrando tabaco, asiente con la cabeza. Cae la tarde del