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La verdad acerca de Pyecraft, de H. G. Wells

H. G. Wells
Está sentado a veinte pasos de mí. Si miro por encima del hombro, puedo verle. Y si tropiezo con su mirada cosa muy frecuente, le encuentro una expresión...
Es, ante todo, una mirada suplicante, y, sin embargo, tiene algo de recelosa.
¡Maldito recelo el suyo! Si yo quisiera hablar de él, ya hace mucho tiempo que lo hubiera hecho. Pero no hablo, no digo nada, y él debería sentirse satisfecho. ¡Como si una persona tan gruesa como él pudiera sentirse satisfecha! ¿Quién me creería si hablara?
¡Pobrecito Pyecraft! ¡Enorme mentón de jalea, siempre incómodo! ¡El clubman más gordo de Londres!
Está sentado ante una de las mesitas del club, en el enorme hueco que hay junto a la chimenea, y no cesa de engullir. ¿Qué es lo que engulle? Le miro prudentemente y le descubro mordiendo un pastel caliente de manteca y con los ojos fijos en mí. ¡El diablo se lo lleve! ¡Con los ojos fijos en mí!
¡Es cosa hecha, Pyecraft! Puesto que usted quiere ser abyecto, puesto que usted quiere proceder como si yo no fuera un hombre de honor, aquí mismo, delante de sus empotrados ojos, voy a relatar la cosa..., la plena verdad acerca de Pyecraft, el hombre al que yo ayudé, el hombre al que defendí, y que me ha correspondido haciéndome insoportable mi club, absolutamente insoportable, a causa de sus súplicas, del continuo no hables, de sus miradas.
Y, además, ¿por qué se obstina en estar comiendo eternamente? Pues bien: ¡allá va la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad!
Pyecraft... conocí a Pyecraften este mismo salón de fumar. Yo era un miembro nuevo, joven y nervioso, y él lo percibió. Me hallaba sentado sólo, deseando conocer a más miembros del club, y de pronto se acercó a mí, con una gran fachada ondulante de carrillos y de abdomen; lanzando un gruñido se sentó a mi lado en un sillón, respiró con fatiga durante un instante, estuvo un rato rascando una cerilla, encendió un cigarro, y después me dirigió la palabra.
He olvidado lo que me dijo..., algo acerca de lo mal que encendían las cerillas, y luego, mientras seguía hablando, detenía a todos los criados que pasaban y se quejaba de las cerillas con su vocecilla fina y aflautada. Pero, de cualquier modo, nuestra conversación comenzó de un modo análogo.
Habló sobre varios temas y vino a parar a los deportes. Y de ahí, a mi físico y a mi tez.
Usted debe jugar mucho al cricket dijo.
Admito que soy delgado, muy delgado, hasta el punto en que algunos me llamarían flaco, y también admito que soy bastante moreno, y, sin embargo..., no es que me avergüence de tener una abuela hindú, pero no me gusta que cualquier extraño me adivine esa ascendencia mirándome. Así que desde el principio sentí hostilidad por Pyecraft.
Pero solamente hablaba de mí con el propósito de hablar de sí mismo.
Es posible dijo que usted no haga más ejercicio que yo, y probablemente, no comerá usted menos. (Como todas las personas excesivamente obesas, se imaginaba que no comía nada.) Y, sin embargo añadió, somos bien distintos.
Y entonces empezó a hablar acerca de su gordura, y de su gordura; de todo lo que había hecho para combatir su gordura, y de todo lo que estaba haciendo para combatir su gordura; de lo que le habían aconsejado contra su gordura, y de lo que había oído que algunos hacían contra la gordura análoga a la suya.
A priori decía, se creería que a una cuestión de nutrición puede responderse con la dieta, y a una cuestión de asimilación, con medicinas.
Era una conversación sofocante, abrumadora. Oyéndole, sentía que me inflaba.
Una coa así se soporta en el club una vez al año; pero llegó un momento en que creí que estaba soportando demasiado. Se aficionaba  a mí de una manera harto evidente. Nunca podía entrar en el salón de fumar sin que viniera balanceándose hacia mí, y, a veces, se ponía a engullir a mi lado mientras yo almorzaba. En algunas ocasiones casi parecía colgarse de mí. Era un pelmazo, pero no menos terrible porque se limitara sólo a mí. Y desde el principio había algo raro en sus maneras, casi como si supiera, como si adivinara que yo podría ayudarle, de que veía en mí una posibilidad remota, excepcional, que ningún otro le ofrecía.
Daría cualquier cosa por disminuir este peso decía; cualquier cosa y me escudriñaba jadeando por encima de sus voluminosos carrillos.
¡Pobrecito Pyecraft! ¡En este preciso instante está llamando para pedir seguramente otro pastel con manteca!
Un día pasó a hablar del verdadero asunto.
Nuestra farmacopea dijo nuestra farmacopea occidental no es otra cosa que la última palabra de la ciencia médica. Pero me han dicho que en Oriente...
Se detuvo y me miró fijamente, como si se encontrara frente a un acuario.
Yo experimenté una súbita cólera contra él.
Escuche dije. ¿Quién le ha hablado a usted de las receta de mi bisabuela?
Hombre... balbuceó.
Todas las veces que nos hemos encontrado durante esta semana dije, lo cual ha sucedido con bastante frecuencia, me ha hecho usted una franca alusión a mi pequeño secreto.
Pues bien dijo: ya que el gato está fuera de la talega, lo reconozco, es cierto. Me lo ha dicho...
¿Pattison?
Indirectamente, sí repuso; pero me parece que mentía.
Pattison ha tomado esos brebajes a su cuenta y riesgo.
Frunció la boca y se inclinó.
Las recetas de mi bisabuela dije yo son cosas muy extrañas. Mi padre estuvo a punto de hacerme saber...
¿No lo hizo?
No. Pero me avisó. Él mismo usó una en otro tiempo. 
¡Ah!... Pero ¿cree usted...? Suponga..., suponga... que se encontrara una...
Son documentos curiosos dije yo, y hasta su color... ¡No!
Pero después de haber llegado hasta aquí, Pyecraft estaba decidido a llevarme más lejos. Me estaba temiendo que, si le tentaba demasiado la paciencia, se echaría sobre mí y me asfixiaría. Fui débil, es verdad. Pero también estaba demasiado cansado de Pyecraft. Había llegado a inspirarme tal fastidio, que me decidí a decirle: "Pues bien, arriésguese".
El pequeño experimento de Pattison, al que yo había aludido, era una cuestión totalmente distinta. Ahora no nos interesa en qué consistía; pero de todos modos, yo sabía que entonces utilicé era inofensiva. De lo demás no sabía tanto, y, en resumidas cuentas estaba inclinado a dudar en absoluto de que fueran inofensivas. 
Pero aun si Pyecraft se envenenara...
He de confesar que el envenenamiento de Pyecraft se me apareció como una magna empresa. Aquella noche saqué de mi caja de caudales la extraña caja de madera de sándalo y olor singular y hojeé los crujientes pergaminos. El personaje que escribió las recetas de mi bisabuela tenía una evidente debilidad por los pergaminos de origen heteróclito, y su letra se apretaba hasta el máximo grado. 
Algunas de las recetas son completamente indescifrables para mí aunque en mi familia, en la que había funcionarios del Indostán, se ha transmitido el conocimiento del indostánico de generación en generación, y ninguna de ellas puede leerse en un dos por tres. Pero no tardé mucho en encontrar la que buscaba, y me senté en el suelo junto a la caja, contemplando la receta durante algún tiempo. 
Aquí la tiene usted dije al día siguiente a Pyecraft, y aparté la hoja de sus ávidas manos. Por lo que puedo descifrar se trata de una receta de pérdida de peso.
¡Ah! dijo Pyecraft.
No estoy absolutamente seguro; pero creo que es eso. Y si sigue usted mi consejo, no debe tocarla. Porque sepa usted (mancho mi estirpe en interés suyo, Pyecraft) que mis antepasados por esa rama eran, por lo que puedo colegir, unos tipos bastante estrafalarios. ¿Comprende?
Déjeme ensayarla dijo Pyecraft.
Yo me recliné en mi sillón. Mi imaginación hizo un poderoso esfuerzo, sin conseguir lo que se proponía. 
¡Por Dios santo, Pyecraft! dije. ¿Qué cree que parecerá cuando adelgace?
Pero él no escuchaba ningún razonamiento. Le hice prometer que nunca jamás volvería a decirme una palabra acerca de su desagradable gordura, sucediera lo que sucediese, y entonces le tendí el pequeño trozo de pergamino. 
Es una mezcla infecta le dije yo.
No importa dijo Pyecraft, cogiendo la receta.
Al mirarla abrió lo ojos desmesuradamente. Pero ..., pero... balbuceó. 
Acababa de descubrir que no estaba escrita en inglés. 
En lo que mi capacidad me lo permita le dije, se lo traduciré a usted.
Así lo hice, lo mejor que pude. Después de estuvimos quince días sin hablarnos. Siempre que se aproximaba a mí, yo fruncía el ceño y le hacía señas para que se alejara, y él respetaba el convenio. Pero al cabo de los quince días seguía tan gordo como siempre. Entonces se decidió a hablar. 
Tengo que hablar dijo. Esto no es justo. Aquí hay algo equivocado. No noto ninguna mejoría. Usted no hace justicia a su bisabuela. ¿Dónde está la receta?
Pyecraft la sacó cuidadosamente de la cartera. Yo recorrí con la mirada las prescripciones. 
¿Estaba podrido el huevo? pregunté.
No. ¿Tenía que estarlo?
Ni qué decir tiene dije yo. En todas las recetas de mi pobrecita bisabuela, cuando no se especifica el estado ni la calidad, hay que escoger lo peor... Y hay una o dos alternativas posibles para algunas de las otras prescripciones. ¿Se ha procurado usted veneno fresco de serpiente de cascabel?
He adquirido una serpiente de cascabel en casa de Jamrach. Me ha costado..., me ha costado...
Eso es cuenta suya. ¿Esta última prescripción?
Conozco a un hombre que...
Muy bien. Bueno, voy a copiarle las alternativas. Por lo que conozco del lenguaje, la ortografía de la receta es particularmente atroz. Entre paréntesis, este perro que dice aquí tendrá que ser seguramente un perro paria
Durante el mes siguiente vi constantemente a Pyecraft en el club, y seguía tan gordo y tan angustiado como siempre. Cumplía nuestro tratado; pero a veces faltaba a su espíritu moviendo la cabeza con desaliento. Un día empezó en el guardarropa:
Su bisabuela...
Ni una palabra contra ella le interrumpí, y se calló. 
Yo llegué a imaginarme que había desistido de su tratamiento, y un día le vi hablando con otros tres nuevos miembros acerca de su gordura, como si estuviera a la caza de otras recetas.
Hasta que de una manera totalmente inesperada recibí un telegrama suyo.
¡Mister Formalyn! gritó ante mis narices un botones, y yo cogí el telegrama y lo abrí en el acto:

"Por el amor de Dios, venga usted,
                                                                       Pyecraft."

¡Hum! dije, a decir verdad estaba contento del resurgimiento de la fama de mi bisabuela. 
Me enteré de la dirección de Pyecraft por el portero del club. Pyecraft habitaba la mitad superior de una casa de Bloomsbury, y allí me dirigí en cuanto hube tomado mi café y mi benedictino. Ni siquiera esperé a terminar mi acostumbrado cigarro. 
¿Mister Pyecraft? pregunté en la portería. Allí creían que estaba enfermo, pues llevaba dos días sin salir. 
Me está esperando dije yo, y me enviaron arriba. 
Al llegar al piso llamé a una puerta enrejada.
"De cualquier modo, no debería haberlo ensayado me decía yo. Un hombre que come como cerdo tiene que parecer un cerdo".
Una mujer de aspecto respetable, con un semblante inquieto y una cofia puesta con negligencia, apareció tras la reja y me examinó. 
Le di mi nombre, y me dejó entrar de una manera irresoluta. 
¿Qué sucede? dije yo cuando nos vimos. 
Ha dicho que le hiciéramos entrar a usted si venía repuso la mujer, y me miró sin hacer ningún movimiento para guiarme. 
Luego añadió confidencialmente:
Está encerrado, señor. 
¿Encerrado?
Se encerró ayer por la mañana y no ha dejado entrar a nadie, señor. Y no hace más quejurar. ¡Oh! ¡Dios mío!
Yo miré a la puerta que ella indicaba con sus miradas. 
¿Está ahí? pregunté. 
Sí, señor.
¿Qué le pasa?
La mujer movió la cabeza tristemente. 
No hace más que pedir alimentos, señor. Alimentos pesados son lo que quiere. Yo le traigo lo que puedo. Le he traído cerdo, morcilla, salchicha y cosas por el estilo. Me dice que se lo deje fuera y que me vaya. Está comiendo algo horrendo, señor.
Tras la puerta se oyó un grito aflautado:
¿Es usted, Formalyn?
¿Es usted, Pyecraft? dije, golpeando la puerta. 
Dígale que se marche.
Así lo hice. Luego pude oír unos golpes curiosos en la puerta, como si alguien buscara el picaporte a tientas, y percibí los gruñidos familiares de Pyecraft.
Perfectamente dije yo. Ya se fue. 
Pero durante largo rato la puerta siguió sin abrirse. Oí girar la llave. Luego, la voz de Pyecraft, dijo:
¡Entre!
Oprimí el tirador y abrí la puerta. Como es natural, esperaba ver a Pyecraft.
Pues bien: ¡no estaba allí!
En toda mi vida no había recibido yo semejante impresión. Su habitación se encontraba en un estado de sucio desorden. Había fuentes y platos entre libros y objetos de escritorio, y varias sillas estaban derribadas. Pero, ¿y Pyecraft?
Esto marcha, mi amigo; cierre la puerta le oí decir, y entonces le descubrí. 
Se encontraba en el aire, pegado a la cornisa en el rincón de la puerta, como si alguien le hubiera encolado en el techo. Tenía el semblante acongojado y colérico. Jadeaba y gesticulaba. 
Cierre la puerta repitió. Si esa mujer se entera...
Cerré la puerta, y dirigiéndome al extremo opuesto, me quedé mirándole. 
—Si algo cede y se viene usted abajo dije yo, se romperá la cabeza, Pyecraft. 
¡Ojalá! dijo resoplando. 
Un hombre de su edad y su peso entregarse a esa gimnasia...
Calle dijo con aire agonizante. Ahora le contaré añadió gesticulando.
¿Cómo diablos está usted agarrado ahí arriba?
Pero de pronto observé que no estaba agarrado en modo alguno, sino que flotaba en el aire. Exactamente igual que una vejiga llena de gas hubiera flotado en la misma posición. Empezó a luchar para desprenderse del techo y descender por la pared hasta mí.
Ha sido esa prescripción decía al mismo tiempo jadeando. Su bisa...
Mientras hablaba se agarró descuidadamente al marco de un grabado, que se desprendió, y Pyecraft volvió a subir hasta el techo, mientras el cuadro se rompía contra el sofá. Pyecraft chocó contra el techo, y entonces comprendí por qué estaba manchado de blanco en las curvas y en los ángulos más salientes de su persona. Reanudó su intento con más cuidado, descendiendo por la parte de la chimenea.
Era, en verdad, el espectáculo más extraordinario del mundo ver a aquel hombre grueso, voluminoso, de aspecto apoplético, intentando descender cabeza abajo desde el techo hasta el suelo.
Esa receta decía ha tenido demasiado éxito.
¿Cómo?
Pérdida de peso... casi completa.
Entonces, claro es, comprendí al fin.
¡Por Jupiter, Pyecraft! exclamé. ¡Lo que usted quería un remedio para la gordura! Pero usted la llamaba siempre peso. Prefería usted llamarla peso.
De todos modos yo sentía un regocijo extraordinario. En aquel momento quería de verdad a Pyecraft.
Permítame que le ayude dije, y cogiéndole una mano le atraje hacia el suelo. Agitaba las piernas, tratando de encontrar pie firme en alguna parte. Esto le daba el aspecto de una bandera en un día de viento.
Esa mesa dijo, indicándola es de caoba maciza y muy pesada. si pudiera usted meterme debajo...
Así lo hice, y ahí comenzó a balancearse como un globo cautivo, mientras yo le hablaba de pie delante de la chimenea.
Encendí un cigarro.
Refiérame lo que le ha sucedido dije.
Tomé eso.
¿Qué tal sabía?
¡Oh! ¡Horriblemente!
Yo me imaginaba que todas aquellas recetas sabrían a lo mismo. Considerando los ingredientes, la mezcla probable o los resultados posibles, casi todos los remedios de mis bisabuela me parecía, por lo menos, extraordinariamente repelentes. Por mi parte...
Primero tomé un sorbito.
¿Sí?
Y al cabo de una hora me encontré más ligero y mejor, me decidí a tomar toda la droga.
¡Pobre Pyecraft!
Me tapé las narices dijo a modo de explicación. Y luego seguí sintiéndome cada vez más y más ligero... e imposibilitado, ¿sabe usted?
De pronto se entregó a un acceso de cólera.
¿Qué diablos voy a hacer? exclamó.
Hay una cosa que evidentemente no debe usted hacer dije yo, y es salir a la calle, pues si lo hace empezará usted a subir, a subir... agité un brazo hacia arriba, y habrá que enviar a Santos Dumont en su busca.
Supongo que esto se disipará.
Yo moví la cabeza.
No creo que pueda contar con eso dije.
Entonces tuvo otro acceso de cólera, y se puso a dar puntapiés a las sillas inmediatas y a golpear contra el suelo. Se conducía como debía esperarse que se condujera en circunstancias molestas para un hombre voluminoso, gordo e intemperante; es decir, que se conducía muy mal. Habló de mí y de mi bisabuela con una absoluta falta de discreción.
Yo no le he pedido nunca que tomara esa pócima le dije.
Y desdeñando generosamente los insultos que me prodigaba, me senté en un sillón y empecé a hablarle de una manera sensata y amistosa.
Le hice ver que aquello era un trastorno que se había acarreado él mismo, y que casi tenía un aire de justicia poética; que comía demasiado, cosa que negó y durante un momento estuvimos discutiendo.
En vista de que se ponía escandaloso y violento, desistí de este aspecto de su lección.
Y además le dije ha cometido usted un eufemismo. Usted llamaba a su mal, no gordura, que es exacto y afrentoso, sino peso. Usted...
Pyecraft me interrumpió para decir que reconocía todo aquello. Pero ¿qué iba a hacer ahora?
Yo le indiqué que debía adaptarse a sus nuevas condiciones. Y así, llegamos a la parte verdaderamente razonable de la cuestión. Le sugerí que no le sería difícil aprender a andar a gatas por el techo...
No puedo dormir dijo.
Pero eso no era una gran dificultad. Era completamente viable, indiqué, improvisar un lecho bajo un sommier, asegurando los colchones con cintas y poniendo la manta, la sábana y la colcha de modo que se abotonaran a un lado.
Pero tendría que poner en antecedentes a su ama de llaves, a lo que accedió tras una breve disputa. Posteriormente fue en extremo delicioso ver la manera tan natural con que la buena señora aceptó todas aquellas asombrosas inversiones. Podría tener en su habitación una escalera de biblioteca y todas las comidas se le dejarían en lo alto del armario de los libros. También imaginamos un ingenioso procedimiento, mediante el cual podría descender al piso siempre que quisiera, y consistió simplemente en colocar en el último entrepaño del armario los volúmenes de la Enciclopedia Británica (décima edición). No tendría más que coger un par de volúmenes y caería al suelo en el acto. También acordamos colocar garfios de hierro a lo largo del zócalo, para que pudiera agarrarse a ellos siempre que quisiera andar por la parte inferior de la habitación.
Según fuimos poniendo en práctica todo aquello, empecé a sentir un vivo interés. Yo fui quien llamó al ama de llaves y le puse en antecedentes, y quien instaló, casi en su totalidad, la cama invertida. De hecho pasé dos días enteros en su casa. Tengo una rara habilidad en el manejo del destornillador, por lo que hice toda clase de ingeniosas adaptaciones: tendí un cable para poner los timbres a su alcance, volví todas las lámparas eléctricas al revés, y así sucesivamente.
Todo aquello era para mí extraordinariamente curioso e interesante, y era delicioso imaginarse a Pyecraft como una voluminosa moscarda arrastrándose por el techo y gateando por el dintel de sus puertas, de habitación en habitación, y sin volver al club nunca, nunca, nunca jamás. Pero, después, mi fatal ingeniosidad me perjudicó. Hallábame yo sentado junto a su chimenea, bebiendo su whisky, y él estaba en su rincón favorito, junto a la cornisa, clavando en el techo un tapiz turco, cuando se me ocurrió una idea luminosa.
¡Eureka, Pyecraft! exclamé. Todo esto es completamente innecesario.
Y antes de que pudiera calcular todas las consecuencias de mi idea, la solté.
¡Ropa interior de plomo! exclamé, y el daño quedó hecho.
Pyecraft acogió aquello casi con lágrimas en los ojos.
Poder andar de nuevo como es debido... dijo.
Le revelé todo el secreto antes de prever a dónde me llevaría.
Compre usted láminas de plomo dije, córtelas en rodajas y hágalas coser por toda su ropa interior hasta que pese lo suficiente. Póngase botas de suela de plomo, y ¡ya está! En vez de estar prisionero aquí, podrá usted volver a salir de casa, Pyecraft; podrá viajar...
Todavía se me ocurrió una idea más feliz.
Nunca tendrá usted que temer a los naufragios. Le bastará quitarse algunas ropas, coger en la mano el equipaje necesario y flotar por el aire...
En su emoción Pyecraft dejó caer el martillo, que me pasó rozando la cabeza.
¡Por Júpiter! repetí débilmente. Desde luego... podrá usted hacerlo.
Y lo hizo. Y lo hace. Y ahora está sentado allí detrás de mí, engullendo seguramente una tercera ración de pasteles con manteca. Y nadie en el mundo sabe excepto su ama de llaves y yo que no pesa realmente nada, que es una mera masa asimilatoria, una simple nube vestida, niente nefas, el más insignificante de los hombres.
Allí está sentado, acechándome hasta que haya terminado de escribir esto. Entonces, si puede, me atrapará, vendrá balanceándose hacia mí. Volverá a repetirme todo lo de siempre: el efecto que aquello produce y el que no produce, y de cómo cree, a veces, que el efecto se disipa un poco. Y en alguna parte de su discurso craso y abundante no dejará de decir:
Guarde usted el secreto, ¿eh? Me avergonzaría tanto que alguien se enterara... Le da a uno un aspecto tan estúpido eso de andar a gatas por el techo, y todo lo demás...
Y ahora, ¡a eludir a Pyecraft, que ocupa como siempre, una admirable posición estratégica entre la puerta y yo!

Traducción de Manuel Pumarega

[Tomado de Cuentos de terror, Alfaguara, México, 2004]

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