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Mostrando entradas de enero, 2014

Retrato de una londinense, de Virginia Woolf

Quien no conozca a un auténtico cockney, quien no pueda alejarse de las tiendas y los teatros para torcer por una callejuela lateral y llamar a la puerta de una casa particular, no puede jactarse de conocer Londres. En Londres, las casas particulares tienden a parecerse como gotas de agua. La puerta principal se abre a un recibidor penumbroso del que parte una angosta escalera. La puerta del rellano conduce a un espacioso salón con sendos sofás a cada lado de la chimenea encendida, seis sillones y tres ventanas alargadas que dan a la calle. Con frecuencia, lo que sucede en la mitad posterior del salón, que tiene vistas a los jardines de otras casas, da pie a numerosas conjeturas. Sin embargo, lo que nos interesa es la zona delantera del salón, pues la señora Crowe siempre se sentaba en un sillón junto al fuego; allí era donde transcurría su vida; allí era donde servía el té.  Aunque resulte extraño, parece cierto que nació en el campo, como también lo es que en ocasiones, durante esa…

El cuchillo, de Edmundo Valadés

El cuchillo era solingen de mango dorado y hermosos arabescos. Macizo, largo, con escalofriante y filosa punta. En la mano, sugería inventar una muerte o un asesinato, felizmente improbables. Lo dejé olvidado mucho tiempo en un cajón. En ese entonces caí en una crisis de profunda misantropía. Me sentí en fatigoso desajuste con los demás y conmigo mismo, como si estuviera en una desolada orilla del mundo.  En las mañanas, al despertar, mis párpados tenían arenillas de un sueño negro y pesado. Me levantaba como si fuera a empezar a vivir por primera vez, como si tuviera que aprender a caminar, a hablarles a los demás, víctima de angustiosa incertidumbre, con enfermizo temor de enfrentarme a los clientes.  Era vendedor de artículos para el hogar y tenía que ir de puerta en puerta, solicitando que me dejaran entrar a mostrarlos. Había logrado éxito, porque me sentía seguro, dueño de mí, y me sobraban argumentos para persuadir a las amas de casa sobre las ventajas de comprar una encerador…

De muerte natural, de Rafael Bernal

Si esa aguja hipodérmica nueva no le hubiera caído materialmente en las manos desde una ventana del sanatorio, don Teódulo Batanes no hubiera averiguado nada y un criminal se hubiera quedado sin el castigo debido en justicia. Pero debemos tener en cuenta que, para que esa justicia siguiera su curso vengativo, la aguja tuvo que caer exactamente en manos de don Teódulo y no de alguna otra persona, que nada raro hubiera notado en la sucesión de hechos insignificantes que llevaron al mismo don Teódulo a deducir lo que había sucedido esa mañana en el sanatorio. Por lo menos así lo cree el interesado y medita en los extraños caminos que sigue Dios para castigar y premiar siempre.
Ese día de la aguja iba don Teódulo a salir del hospital. Por mejor decir, ya había salido, su pierna perfectamente curada, después que la cabeza de Mictecacíhuatl, representada en piedra, se le cayó encima, rompiéndole el fémur. A las doce del día, cuando encontró la aguja, ya se debería haber ido; pero era un homb…