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De muerte natural, de Rafael Bernal

Rafael Bernal
Si esa aguja hipodérmica nueva no le hubiera caído materialmente en las manos desde una ventana del sanatorio, don Teódulo Batanes no hubiera averiguado nada y un criminal se hubiera quedado sin el castigo debido en justicia. Pero debemos tener en cuenta que, para que esa justicia siguiera su curso vengativo, la aguja tuvo que caer exactamente en manos de don Teódulo y no de alguna otra persona, que nada raro hubiera notado en la sucesión de hechos insignificantes que llevaron al mismo don Teódulo a deducir lo que había sucedido esa mañana en el sanatorio. Por lo menos así lo cree el interesado y medita en los extraños caminos que sigue Dios para castigar y premiar siempre.

Ese día de la aguja iba don Teódulo a salir del hospital. Por mejor decir, ya había salido, su pierna perfectamente curada, después que la cabeza de Mictecacíhuatl, representada en piedra, se le cayó encima, rompiéndole el fémur. A las doce del día, cuando encontró la aguja, ya se debería haber ido; pero era un hombre cortés y quería despedirse de la Madre Fermina, que lo había atendido muy bien durante su enfermedad. Quería, además, regalarle un rosario de cuentas de plata, como recuerdo, y pedirle que en el coro rogara por volvieran a caer ídolos encima y no lo volvieran a cesar de su empleo en el Museo de México, empleo que ya había perdido tres veces, por meterse a averiguar cosas que nadie lo llamaba a averiguar, como el robo de las mascarillas de oro y el asesinato del experto en cerámica maya.

Caminaba en busca de la Madre Fermina por el jardín, bajo las ventanas del pabellón de operados, cuando frente a él, de una de las ventanas, cayó una aguja hipodérmica. Don Teódulo, que la vio caer y brillar en el sol, la levantó, la observó cuidadosamente, vio que estaba manchada con un poco de sangre, como si alguien la hubiera usado para poner una inyección intravenosa; y trató de averiguar, oliéndola, qué sustancia se había puesto con ella; pero la aguja no olía a nada.

-Algún médico o practicante poco cuidadoso o muy despreocupado habrá dejado caer esta aguja -pensó; y, volviendo los ojos a las hileras de ventanas, trató en vano de localizar de cuál de ellas pudo caer la aguja. Viendo que todas estaban semiabiertas y que no había nadie asomado en ninguna de ellas, siguió su paso en busca de la Madre Fermina, pensando-entregarle también la aguja y pensando otras muchas cosas, sobre todo en la razón que tendría alguien para tirar una aguja nueva y en perfectas condiciones por una ventana.

Dio la vuelta al jardín sin ver a la Madre, con lo que volvió a entrar al edificio. En el vestíbulo, una de las madres regañaba a un practicante:

-Parece increíble que sea usted tan descuidado, Pedrito. ¡Perder su bata y su mascarilla! El doctor Robles estaba furioso porque no llegaba usted a tiempo.

-La dejé en el pasillo, Madre -contestó Pedrito- cuando volví ya no estaba.

-Pues aquí la encontré en el vestíbulo -siguió la Madre-, toda arrugada sobre esa silla. ¡Tómela usted!

-Gracias Madre -contestó Pedrito-. Pero falta la mascarilla...

-¡La habrá tirado por allí!

Don Teódulo oyó la conversación, saludó a la Madre y siguió rumbo a su cuarto en busca de sus maletas. Sentía dejar el hospital: ¡se estaba tan bien allí!, con todas esas buenas monjas que le cumplían cualquier gusto, con esa comida tan sabrosa y tan limpia, con esa completa calma para leer y estudiar. ¡Qué diferencia con su casa de huéspedes y la casera que siempre lograba insinuar que don Teódulo era un vago bueno para nada y que lo tenía allí por caridad, cuando que cada mes pagaba su pensión religiosamente!

Con estas meditaciones, don Teódulo no se encaminó a su cuarto, sino al refectorio, pensando encontrar allí a la Madre Fermina y consolarse un poco con ella, que tanto cariño le había demostrado. En uno de los pasillos topó a una Hermana:

-Buenas tardes tenga o disfrute usted, Hermana -dijo.

-Buenas tardes, don Teódulo -contestó la Hermana-. ¿Conque ya se va usted?

-Desgraciadamente ésa es la verdad o realidad. Ya aliviado o sanado de esta pierna, me voy de nuevo a mi empleo o trabajo, pero mientras viva o aliente, tendré un grato recuerdo de ustedes y vendré a saludarlas o visitarlas con frecuencia.

En el comedor no había nadie. Aún era temprano y estaba vacío. Más adelante, don Teódulo llegó a la sala de visitas que estaba casi llena. Por un lado, los parientes de una señora en trance de tener su primer hijo. El marido nervioso, pero con un cierto aire de orgullo; las hermanas solteras llenas de conversación y de proyectos, tejiendo rabiosamente lo que creían le iba a hacer falta al recién nacido; otras amigas y amigos, todos ansiosos de oír la noticia que trajera la Madre Juana, que se ocupaba de esos casos. En el otro extremo de la sala estaban los parientes de doña Leocadia Gómez y González de la Barquera, la viuda millonaria que habían operado del apéndice esa mañana. Estaban todos tiesos, aburridos, dignos, como habían estado todos los días anteriores en que habían venido a visitar a la enferma. Don Teódulo ya los conocía de vista: el hermano de la operada, don Casimiro, de gran bigote negro pintado, traje impecable moda 1910, peinado lleno de complicaciones, ¡das y vueltas de los escasos cabellos tratando de ocultar la calva; doña María, la hermana, seca y larga como un palo de escoba, de amplias ropas negras; los sobrinos Juan y Ambrosio, bien vestidos, bien peinados, caras disipadas con rastros de noches tormentosas; la sobrina Clara, elegante, bonita, muy pintada y sofisticada, la única de todos ellos que a juicio de don Teódulo parecía capaz de una sonrisa. Bien sabía él que venían únicamente porque doña Leocadia, la operada, era la rica de la familia y esperaban sacarle algo en vida y heredarla en muerte. Ya hacía más de una hora que habían sacado a la enferma de la sala de operaciones y la habían llevado a su cuarto y tan sólo esperaban que se despertara para saludarla y hacer acto de presencia.

Don Teódulo buscó con los ojos a la Madre Fermina sin encontrarla; y ya se iba, cuando la vio entrar rápidamente y acercarse a don Casimiro. Le dijo algo en voz baja, éste dio señales de asombro, habló con sus parientes, volvió a hablar con la Madre, y todos, como en comisión, se internaron por uno de los pasillos, seguidos por don Teódulo, que aún conservaba la esperanza de hablar con la Madre Fermina. En el pasillo al que daba el cuarto de la enferma toparon con el Padre Capellán. Don Teódulo comprendió que doña Leocadia estaba grave, probablemente en agonía, y que quería ver por última vez a sus familiares y ponerse en bien con Dios. El doctor Robles salía del cuarto.

-Está muerta -dijo a la concurrencia en general-. Embolio en el corazón. Nunca lo tuvo muy fuerte.

Los parientes inclinaron la cabeza y entraron al cuarto con el capellán y la Madre Fermina, cerrando la puerta. El doctor comentó con la Hermana Lupe, que estaba de guardia en ese pasillo:

-No me lo explico, Hermana: cuando la trajimos después de la operación, estaba perfectamente.

-Entré hace unos minutos a ver cómo estaba y la ví muerta -repuso la Hermana.

-Hace por lo menos una hora que murió -sentenció el doctor alejándose.

-Descanse en paz -repuso la Hermana, y emprendió el rezo de difuntos. Don Teódulo se atrevió a interrumpirla:

-Dice o asienta usted, Hermana, que cuando usted entró ya estaba ella muerta. ¿Cómo lo supo?

-Nosotras conocemos la muerte, don Teódulo -contestó.

-¿Estaba usted de guardia aquí? -preguntó don Teódulo.

-Sí, especialmente por lo que se refiere a este cuarto. Es la única enferma grave que tenemos...

-Teníamos, Hermana, teníamos. Ahora ya ha muerto o fallecido. Y dígame, Hermana, ¿no entró o penetró nadie al cuarto después de la operación?

-Sí, un practicante, pero no lo pude reconocer: estaba yo al fondo del pasillo y mis ojos ya no me ayudan mucho.

-Gracias Hermana, la dejo a usted con sus rezos.

Y don Teódulo se alejó por el pasillo meditando. Algo le preocupaba intensamente, Sacó la aguja y la observó con cuidado, dirigiéndose con ella al laboratorio del hospital, donde el doctor que lo atendía era su amigo. Media hora más tarde salió meneando la cabeza. En la aguja no había rastro de sustancia alguna, tan sólo sangre. El doctor aseguraba que con ella había sido pinchada una vena, pero no se había inyectado ninguna sustancia; que no era de las agujas que usaba generalmente el hospital y que nunca había sido hervida, ya que conservaba aún la grasa con que los fabricantes suelen protegerlas y que desaparece a la primera hervida.

En el vestíbulo, don Teódulo encontró a Pedrito, el practicante distraído que había perdido su bata y su mascarilla.

-Me informan o dicen -le dijo don Teódulo en son de broma- que usted fue el último que penetró en el cuarto o aposento de la finada doña Leocadia. ¿No le daría usted alguna sustancia o medicina que le provocó o causó la muerte?

Pedrito se rió de buena gana. Don Teódulo te caía muy en gracia con su forma de hablar, sus gruesos anteojos de miope y su timidez, tanto que siempre se andaba bromeando con él.

-Desgraciadamente -le dijo- no tuve oportunidad de envenenarla con arsénico, ya que no he entrado a su cuarto en toda la mañana.

Don Teódulo siguió adelante con su paseo por el hospital. Topó en otro sitio con el segundo practicante, a quien hizo la misma pregunta, pero éste no era de su confianza y se enojó, diciendo que él ni había entrado al cuarto, ni tenía por qué entrar y que esas bromas no le gustaban.

Así siguió don Teódulo, preguntando lo mismo a todos los practicantes. Ninguno había entrado al cuarto de la enferma desde que la dejaron allí después de la operación y lo mismo contestaron los médicos cuando fueron interrogados discretamente. Don Teódulo estaba cada vez más preocupado.

En la puerta del cuarto de la difunta encontró a la Hermana Lupe con una sábana.

-La voy a amortajar -dijo-. Se la van a llevar dentro de un momento para velarla en su casa.

-Si le pidiera un servicio o favor, Hermana, ¿me lo haría o concedería?

-Diga usted don Teódulo, y no ande tan misterioso.

-Pues yo quisiera que viera u observara si la difunta o muerta dama tiene en el brazo la huella o rastro de una inyección intravenosa...

-¿Por qué ha de tenerla? No se le ha puesto ninguna.

-Véalo u obsérvelo de todos modos -rogó don Teódulo con su irresistible sonrisa tímida.

La Hermana entró al cuarto y don Teódulo quedó esperando afuera, hasta que ella salió a los pocos minutos.

-Sí -dijo la Hermana-, tiene el rastro de que le pusieron una inyección intravenosa en el brazo izquierdo, por cierto mal puesta, al grado que mancharon la cama de sangre. ¡Estos practicantes son tan descuidados a veces!

-¿Pero no me había dicho o asentado usted que no le habían puesto inyección alguna?

-Eso creía yo. Probablemente el doctor Robles ordenó algo a última hora y se la ha de haber puesto el practicante que vi entrar.

Don Teódulo fue en busca del doctor Robles, el cual no había ordenado inyección intravenosa alguna, tan sólo una intramuscular de sedol, en caso que la enfermera despertara con dolores.

Pedrito, al ser interrogado de nuevo, contestó que no encontraba su mascarilla por ninguna parte, que probablemente la había encontrado tirada por allí alguno de los afanadores y la había puesto entre la ropa sucia. Pero en la ropa sucia de ese día, que don Teódulo revisó cuidadosamente, no había ninguna mascarilla. Cuando regresó al pasillo al que abría el cuarto de la muerta, vio a los empleados de una compañía de inhumaciones con una gran canasta donde iban a depositar el cuerpo. Los parientes estaban parados en el pasillo, con caras compungidas y alegres. Don Teódulo los examinó de lejos atentamente y luego se acercó a ellos y les estrechó la mano, empezando por don Casimiro:

-Permítame usted que le acompañe en su pena o dolor -le dijo-. Y aunque no tengo el honor o gusto de conocerlo...

-Gracias, gracias... -dijo don Casimiro.

Así fue dándoles la mano a todos. Cuando acabó, salía la Madre Fermina del cuarto y don Teódulo la llamó aparte.

-Madre -le dijo-, yo tan sólo la buscaba o pretendía verla para tener el gusto o, por mejor decir, pesar de despedirme de usted y darle mis agradecimientos más cariñosos...

-Gracias, don Teódulo -interrumpió la Madre-. Le ruego que me espere en el salón...

-Pero es que ahora tengo la necesidad o urgencia de comunicar a usted un hecho o asunto que no puede esperar sin grave daño o perjuicio.

La Madre caminaba rápidamente por los pasillos y don Teódulo apenas si la podía alcanzar con sus pasos breves.

-Sí, Madre -le dijo-, siento mucho y me duele lo que voy a tener que hacer, pero creo o considero que es preciso llamar a la policía...

-¿Qué está usted diciendo? -La Madre se detuvo de golpe-. ¿Para qué queremos aquí a la policía? ¿Le han robado algo?

-No es eso, Madre: se trata de algo mucho más grave o serio que un pequeño robo o latrocinio que pudieran cometer o realizar en mis modestas propiedades. Se trata de un homicidio. Permítame o autoríceme que le explique en privado.

Entraron los dos al despachito de los teléfonos y allí la Madre escuchó lo que tenía que decirle don Teódulo. Cuando éste acabó de hablar, ella le autorizó a que llamara a la policía.

-Voy a ver cómo entretengo a esa gente -dijo la Madre al salir-. Pero si todo resulta una tontera, don Teódulo, nos va a costar muy caro.

-No es tontera o error -dijo don Teódulo-. Lo mejor será juntar a los parientes en el comedor, que está vacío, y esperar o aguardar allí la llegada de la policía.

La Madre Fermina, con no se sabe qué inventos, hizo que los cinco parientes se fueran al refectorio y esperaran allí. Todos se acomodaron alrededor de una mesa y la Madre les dijo:

-Va a haber una pequeña demora mientras el doctor da el certificado. Les ruego que nos perdonen...

-Pero si ya dio el certificado -interrumpió don Casimiro.

-Sí -siguió la Madre, que a leguas se veía no estaba muy acostumbrada al arte de mentir-. Pero aún hace falta el sello del hospital y no está el encargado, pero no ha de tardar en venir...

-Pues, Madre -dijo María, la hermana de la muerta, se me hace que hay mucho desorden en su hospital. Se lo haré saber a la junta, se lo haré saber, porque esto no puede tolerarse. Mi difunta hermana Leocadia, pobrecita, que de Dios goce...

-Así -interrumpió don Teódulo desde una mesa cercana en la cual comía.

-Gracias, caballero -dijo María, haciendo una mueca que ella creía ser una sonrisa-. Pues sí, Madre: como le decía, mi hermana Leocadia dio grandes sumas para mejorar este hospital al que tenía mucho cariño y me parece increíble que...

-Tiene la señorita muy justa razón o motivo de queja -volvió a interrumpir don Teódulo-. Pero hay cosas en que no es posible o factible...

-¿Y a usted quién lo mete? -preguntó don Casimiro agrio.

Don Teódulo agachó la cabeza y se dedicó a hacer bolitas de migajón, en medio de un silencio cada vez más molesto. Por fin entró la Hermana Lupe.

-Madre Fermina -dijo-, ya están aquí los señores que esperaba.

La Madre Fermina se levantó y salió, seguida por don Teódulo, volviendo entrar ambos una media hora más tarde, acompañados por dos policías uniformados, uno de ellos con el grado de capitán.

-¿Qué es esto? -preguntó don Casimiro levantándose.

-La policía o fuerza de seguridad pública -respondió don Teódulo suavemente, su sonrisa tímida vagándole por los labios.

-¿Y qué hace aquí la policía? -tronó don Casimiro-. ¡Basta ya de cosas, Madre Fermina: que nos entregue el cadáver de -nuestra querida hermana, y vámonos!

-En estos momentos -dijo el capitán- está un doctor examinando el cadáver de la señora.

-¿Está qué? -gritó don Casimiro.

-Ha habido una denuncia: parece ser que la señora murió asesinada...

-Pero si fue de muerte natural... -interrumpió uno de los sobrinos.

-Exactamente -dijo don Teódulo- de muerte natural, de un embolio en el corazón.

-No entiendo esto -interrumpió doña María-. Casimiro: diles a esos gendarmes que se larguen, y vámonos...

-Vámonos -dijo don Casimiro levantándose-. Parece que todos están de acuerdo en que Leocadia murió de muerte natural...

-Así es: la señora ha muerto o fallecido de muerte natural: nada más natural que un embolio. Desgraciadamente, dicho embolio fue causado o provocado por un agente extraño, o sea, artificialmente, lo cual se puede o debe considerar como un homicidio o asesinato...

-¡Jesús mil veces! -gritó doña María-. Pero quién pudo haberla...

-Eso, exactamente, es lo que queremos dilucidar o saber y yo creo que alguno de ustedes fue...

-¡Osa usted insinuar que alguno de nosotros asesinó a Leocadia! -exclamó don Casimiro con la indignación a flor de piel, los bigotes tremolantes.

-Eso es lo que he osado o atrevido a decir, y no insinuar, como erróneamente ha asentado usted. Alguno de los aquí presentes, disfrazándose de practicante de este hospital o sanatorio, penetró en el cuarto ocupado por la enferma u operada doña Leocadia, ahora difunta, que haya paz su alma, y la asesinó...

-¡Tú lo hiciste, Juan! -interrumpió gritando doña María, señalando a uno de los sobrinos-. Éste se levantó pálido, los ojos sin brillo.

-Están locos -dijo, Si alguien se remachó a la vieja, hizo bien, pero no fui yo.

Clara se levantó también.

-No digas eso, Juan: era nuestra tía...

-Era una vieja avara -insistió Juan-. Pero yo no la maté, ni sé quién la mató, ni cómo.

-No fue él -asintió Clara-. Estuvo toda la mañana conmigo en el jardín y luego aquí.

-La habrán matado entre los dos -gritó María, Los dos están en la miseria, sabían que Leocadia los iba a desheredar por la vida escandalosa que llevan, lo mismo que a Ambrosio...

-Cállate tía María -interrumpió Ambrosio, Estás gritando mucho. Acuérdate además que tú también le tenías ganas a la vieja y muchas veces dijiste que era una avara y que...

-Quisiera o deseara -interrumpió don Teódulo sonriente- que dejaran por un momento esta amable escena de recriminaciones familiares y me dijeran o aclararan...

-¿Y usted quién es y por qué se mete en esto? -preguntó don Casimiro, levantándose también.

-Soy empleado del Museo de Antropología...

La risa de Ambrosio lo interrumpió.

-Probablemente viene a llevarse a tía María como el ejemplar más antiguo...

-¡Insolente! -gritó la vieja-. Bien sabes que no tengo más de cuarenta y dos años...

-Cuarenta y dos de haberte resignado a la soltería, pero antes pasaron por lo menos cuarenta...

-¡Casimiro -interrumpió la vieja, dirigiéndose al hermano-, castiga a este muchacho impertinente!

-Vuelvo a rogar o suplicar -insistió don Teódulo- que me presten su atención un momento. Yo quisiera o desearía saber quién hereda a la difunta o desaparecida dama.

-Todos por partes iguales -repuso don Casimiro-. Cosa que siempre me ha parecido injusta, ya que María y yo somos hermanos y ellos tan sólo sobrinos.

-Bien, bien -dijo don Teódulo-. Entonces todos pudieron...

-¡Casimiro! -interrumpió la vieja-. ¡Me opongo a que esto siga adelante! Nadie va a creer que tú y yo fuimos capaces de asesinar a Leocadia. Si efectivamente murió asesinada, cosa que no creo ni por un momento, fue alguno de los sobrinos...

-Sí -dijo don Casimiro-, fueron Juan y Clara. Perderán por ello su parte de la herencia, que pasará a nosotros...

Clara se encaró con los dos viejos:

-¡Viejos inmundos! -les gritó-, ya sabía que eran avaros como el mismo diablo, pero no creía que llegaran a tanto. Vieja harpía...

-¡Clara! -gritó doña María pálida de rabia-. Ojalá te ahorquen por este asesinato. ¡Ella fue, señor policía!

El capitán, a todo esto, no sabía qué hacer ni decir. Don Teódulo intervino de nuevo. Su voz ahora era dura, cortante:

-Siento interrumpir esta amorosa escena familiar, pero creo o considero oportuno pasar a otros considerandos. Ante todo es preciso o necesario saber qué hacía cada uno de ustedes desde el punto o momento en que supieron que la señora había salido con bien de la operación o intervención quirúrgica, hasta que los vi a todos juntos o reunidos en el salón de visitas; y, empezando como es bueno y debido por las damas, diga usted, doña María.

-¡Estaba haciendo lo que a usted no le importa!

-¡Señora! -intervino el capitán.

-Señorita, ¡por favor!

-Bueno, pues, señorita, haga el favor de contestar Aquí se ha cometido un asesinato...

-Cuando trajeron a mi adorada hermana de la sala de operaciones, quise quedarme con ella, pero la Madre Fermina se opuso y me obligó a que esperara en la sala de visitas, cosa que me extrañó mucho de la Madre.

-La enferma así lo había ordenado -interrumpió la Madre.

-Comprendo, Madre. Usted, don Casimiro, ¿qué se hizo?

-Estuve un momento en la sala de visitas con mi hermana y luego salí a pasear un rato.

-¿Y usted, don Juan?

-Anduve con Clara paseando por el jardín y fumando.

-Es cierto -intervino Clara-, estuve con él. Teníamos mucho que hablar y convidamos a Ambrosio, pero prefirió buscar un sillón cómodo y dormirse.

-¿Tenían algo especial de qué hablar o discutir? -preguntó don Teódulo.

-Nada en especial -repuso Juan.

-Les avisé esta mañana -interrumpió don Casimiro- que Leocadia pensaba desheredarlos, cambiando su testamento. Probablemente salieron a discutir eso y aprovecharon la oportunidad para asesinar a la pobre enferma.

-Es cierto que el tío Casimiro nos dijo eso -asintió Clara-, pero nunca nos pasó por la cabeza asesinar a la tía. Es cierto que no nos quería, pero mucho menos quería a estos dos estafermos de hermanos, que siempre le recordaban a los buitres, según me dijo un día...

-¡Clara! -rugió María---. ¡Te prohíbo que hables así!

-¡Por favor, señorita! -interrumpió don Teódulo-. Dice o asienta usted, señor don Casimiro, que la señora doña Leocadia antes de su muerte o fallecimiento le dijo que pensaba cambiar su última voluntad, para desheredar o dejar sin nada a estos jóvenes.

-Exactamente -asintió don Casimiro.

-Pues permítame decirle que miente o falta a la verdad. No, haga el favor de no interrumpirme. Lo que usted ha afirmado es un verdadero absurdo o tontería, ya que si la señora pensaba alterar su testamento o última voluntad, lo hubiera hecho antes de sujetarse a una operación quirúrgica que ponía en peligro su vida, ahora bien, les ruego que me oigan o escuchen en silencio. La señora murió a consecuencia de una inyección intravenosa de aire que le fue puesta por alguno de ustedes Ya sé que tan sólo uno penetró o entró al cuarto de la en" enferma; que para entrar sin infundir sospecha, ese uno robó o sustrajo la bata y mascarilla aséptica de Pedrito; que llevaba la jeringa en la bolsa, ya que en el cuarto o aposento de la enferma no había ninguna; que puso la inyección de aire en la vena, provocando el embolio inmediato; que se guardó la jeringa en la bolsa, pero los nervios le impidieron guardarse la aguja en su cajita o recipiente donde no le picara, así que prefirió arrojarla por la ventana; que ese individuo o persona salió del cuarto, tiró la bata en el hall, donde no lo veía la Hermana Lupe que estaba de guardia, pero no así la mascarilla. El haberse llevado esta prenda puede tener tan sólo una razón o motivo: que en la mascarilla había una huella que indicaba qué persona la había usado. Dos personas tan sólo pudieron dejar una huella, manchando o ensuciando la mascarilla: Clarita, que se pinta la boca, o don Casimiro, que se pinta o tiñe los bigotes...

-¡Esto es un absurdo! -rugió don Casimiro.

-Habiendo reducido nuestros sospechosos o posibles culpables a dos -siguió don Teódulo, sin hacer caso de los aspavientos de los dos viejos-, no nos queda más que hacer una pequeña disertación. La Hermana Lupe nos ha dicho que ella vio entrar a un practicante varón. ¿Cómo se reconoce, con un examen superficial, a los miembros M género masculino? Por los pantalones que usan. Luego el asesino u homicida llevaba pantalones. La señorita Clara pudo llevarlos o ponérselos, pero tenían que ser de su hermano Juan, quien en ese caso sería su cómplice. Don Casimiro no tenia que hacer cambio ninguno. A la señorita Clara, por otro lado, le hubiera quedado muy grande la bata y a don Casimiro le hubiera quedado más o menos bien o a la medida. Pero sobre todas estas pruebas contra el ya tantas veces mencionado don Casimiro, hay una de mayor fuerza, He dicho que el asesino escondió la mascarilla porque había dejado en ella una mancha, ya fuera de la pintura o grasa que usan las señoras en los labios, o del betún o tinte que usa don Casimiro en el bigote. Ahora bien, el asesino debe haber pensado que iba a dejar este rastro o huella. Si hubiera sido una mujer, se hubiera limpiado o despintado la boca; pero don Casimiro no podía hacer eso, ya que le sería difícil volverse a pintar o teñir los bigotes aquí. Por todo ello, acuso a don Casimiro del asesinato de su hermana y ruego al capitán que lo esculque o registre y encontrará en uno de sus bolsillos una jeringa hipodérmica nueva, con huellas de sangre, pero sin rastro de sustancia alguna, y la mascarilla sucia o manchada de betún de los bigotes o mostachos.

Don Casimiro calló mientras el capitán le esculcaba las bolsas. En una del saco encontró lo que don Teódulo había dicho y lo puso sobre la mesa. Cuando don Casimiro hubo salido del cuarto entre dos gendarmes, don Teódulo se acercó a la Madre Fermina.

-Ahora, Madre, ya me puedo despedir de usted. Le ruego que reciba este rosario y rece u ore por mí en el coro. Buenas tardes, señores.

-Un momento -dijo el capitán deteniendo a don Teódulo-. Hay en este asunto muchos detalles que no entiendo y le ruego que me los explique. Por ejemplo, ¿cómo supo usted que se trataba de un asesinato y no de una muerte natural?

-Nada más fácil o sencillo. Primero cayó en mis manos esa aguja, que Dios quiso cayera en las mías para que este crimen no quedara impune. Luego supe que Pedrito había perdido su bata y la había vuelto a encontrar, pero sin la mascarilla que estaba perdida o traspapelada irremediablemente. Tras esto llegó la nueva o noticia de la muerte de la señora y el galeno o doctor opinó que le parecía rara, ya que la señora o difunta dama tenía un corazón fuerte cuando salió de la sala de operaciones. Todas estas cosas me hicieron cavilar tanto, que llevé la aguja al laboratorio, donde me dijeron que nada se había inyectado con ella. Entonces imaginé cómo pudo haberse asesinado a la señora. No había más que un medio o sistema: una inyección de aire que provocara el embolio que a su vez causaría la muerte, con la apariencia de una muerte o fallecimiento completamente natural. Para salir de dudas, pregunté si el cadáver presentaba huellas o rastros de haber recibido, cuando aún en vida, una inyección intravenosa. La Hermana Lupe me dijo o asentó que había dicha huella y, además, que la inyección que la había causado o provocado había sido mal aplicada. Esto confirmaba mis sospechas, y más cuando vi que ningún practicante había entrado al cuarto o aposento de la enferma, después de la operación. Sin duda ninguna había yo acertado o estaba en lo cierto. Doña Leocadia había muerto asesinada. La mascarilla desaparecida me dio la clave de quién pudo se-, el asesino u homicida.

-Gracias, don Teódulo, ya comprendo -dijo el capitán.


[Tomado de Tres novelas policiacas, Editorial Planeta Mexicana-SEP, México, 2005.]

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